'Romeo y Julieta 2.0'

'Romeo y Julieta 2.0'

Bien entrada la noche, Julieta arrastra los vasos sucios que descansan sobre la barra y limpia la madera con un paño. Con la mirada acecha a Romeo con gesto serio. Su esposo, de espaldas a ella y ataviado con una floreada y llamativa camisa, sujeta en una mano una escoba y en la otra un recogedor. Se inclina con pesado esfuerzo a recoger lo que su cansada vista estima como una moneda en el suelo y que resulta ser una oxidada chapa. Al doblar su dolorida espalda deja al descubierto la peluda hendidura que separa el espinazo de sus posaderas. A Julieta le sobreviene una arcada. Esboza un gesto de hastío que le obliga a apartar la vista y se ausenta del cobijo que le proporciona la barra. Bajo el vestido blanco puede apreciarse su considerable estado de gravidez.

 

-¡Romeo!

 

Romeo se da la vuelta de un respingo. De aspecto algo fondón y descuidado, su semblante no ha envejecido bien.

 

-¿Por qué gritáis mi señora? ¿Acaso se ha levantado un muro imaginario entre los dos que os obliga a levantar la voz como un cabrero?

 

-¿Podríais subiros el pantalón o en su defecto bajaros la camisa? Aún no he tenido el gusto de cenar y vuestra velluda fisonomía carente de ropa interior agita mi estómago con el impulso de molestas arcadas.

 

Romeo se atusa la camisa con asombro.

 

-Creo que la tela ha encogido.

 

-Más bien creo que sois vos quien se ha ensanchado.

 

-Os dije que no negociarais con los chinos.

 

-¿Os queda mucho?-suspira Julieta-. Me duele la cabeza… y la espalda. Vuestro hijo es tan cargante como vos.

 

Romeo mira la hora con escaso disimulo. Se acerca a Julieta esbozando una afable sonrisa y con inusitada ternura, apoya la mano en el vientre de su esposa.

 

-Si tan cansada estáis amada mía, iros tranquila a casa, más yo terminaré aquí de acicalar la taberna para que vuestro padre cuando la abra mañana la descubra tan pulcra como el afecto que le proceso.

 

Julieta desconfía de su repentina amabilidad y sin apartar su recelosa mirada, se distancia ligeramente de él.

 

-¿Por qué deseáis mi marcha?

 

-Noble señora, Dios sabe que no es ese mi anhelo. La luz que irradian vuestros hermosos ojos y que muestran amor, también revelan fatiga.

 

-Entonáis palabras bonitas alimentado mi oído desde el día que nos conocimos, confiando que esas palabras mermen mi razonamiento.

 

-Es el amor que guía mis palabras, no el interés.

 

-Os ruego que no insultéis mi buen juicio. Habéis vuelto a quedar con el misógino de vuestro primo, y luego regresaréis a casa con el nacimiento de un nuevo día, balbuceando excusas que rezuman a alcohol.

 

-Benvolio debe estar a estas altas horas orbitando en el mundo de los sueños. La desconfianza se asocia erróneamente con vuestro cansancio y vuestra mente orquesta confabulaciones tan imaginarias como inexistentes.

 

 

Julieta guarda silencio. Suspicaz, mantiene su creciente sospecha sobre la mirada errática de su esposo, que fuerza una afable sonrisa. Julieta se sienta en un taburete y cruza las manos.

 

-Bien, entonces esperaré aquí, serena, a que terminéis la faena y así podáis coger mi mano al acabarla y juntos recibamos en nuestro lecho el descanso que tanto merecemos por un arduo día de trabajo.

 

Romeo se revuelve indeciso y reacciona con cierto desatino, indicando el sucio suelo que pisa como una señal.

 

-Larga tarea es aun la que me aguarda. Parte tranquila y duerme, que mañana será otro día, querida.

 

-No, os espero. Si es verdad que no hay encuentro con vuestro pariente, os afanaréis en volver a casa.

 

-Benvolio posee dos lustrosas piernas y voluntad propia, si cruza esa puerta será por decisión suya.

 

-¿No decíais que vuestro primo adormece ya bien entrada la noche?

 

-Era una mera conjetura, más no tengo el gusto de dormir con él, sino con vos.

 

-Y si queréis que ese hábito perdure, dejad ya de mentirme o volveréis a dormitar bajo el cobijo de las faldas de vuestra petulante madre.

 

-Os ruego no mancilléis el buen nombre de vuestra suegra con tanta ligereza, ya que puedo afirmar sin vacilación que os quiere como a la hija que nunca tuvo.

 

Julieta es incapaz de reprimir una sonora carcajada.

 

-¡Ja!... ¿Hija?... ¿Os he oído bien?... La estima que sentís por ella ciega, sin duda, vuestro incierto parecer. Su supuesto afecto es el mismo que mostraría un zorro por su presa. Me repele como el agua al aceite. De mí solo he conseguido que esto despierte su interés.

 

Julieta se abre ligeramente de piernas y le indica con las palmas abiertas su abombado vientre.

 

-Julietaaa, no me tiréis de la lengua –replica con ofensa Romeo-. Dios sabe que vuestra familia no carece de defectos y que tampoco se haya exenta de crítica. ¿Os tengo que recordar, sin un atisbo de gozo, la vez que vuestra querida madre se me insinuó?

 

-Había ingerido alcohol de una remesa en mal estado, mezclado con unas hierbas sin receta de extraño hedor. Hecho que derivó, muy a su pesar, en un estado insólito en ella.

 

-Mi señora, no estabais allí. Su mano aprisionó mi entrepierna con la rapidez de un felino y la fuerza de un caimán. Su arrebato fue tal que tuve que aplicar temperatura gélida a la zona adherida por temor a una dolorosa hinchazón. A pesar de la escasa y sombría luz que reinaba en la habitación, pude verla babear. Su recitado lenguaraz y obsceno que mortificaba mis oídos tal….

 

-¡Basta ya, os lo ruego!-Julieta no soporta por más tiempo el relato de Romeo y se levanta airada del taburete-. ¿Queréis dilatar la noche en compañía del bribón de Benvolio?... Vos veréis lo que hacéis…. Dad gracias por tener un primo, ya que yo no puedo, pues el mío murió por una ingesta desmedida de plata y acero.

 

Ahora es Romeo quien se revuelve enojado.

 

-Oh, por qué, explicadme si podéis, siempre que nace una controversia entre nosotros utilizáis la muerte de Tibaldo como arma arrojadiza. Reproches y más reproches, heridas que parecían sanadas se abren paso de nuevo. Si llego a saber que habría sido más fácil morir por vos que vivir habría engullido todos los brebajes del Boticario.

 

-Inútil, ni siquiera eso supisteis hacer bien.

 

-Echadle la culpa al avaro Boticario, no a mí. Él me vendió un veneno baldío que irrumpió en mi recto cual volcán en erupción aumentando el peso de mis lustrosos calzones.

 

-Romeo me estáis provocando otra arcada con solo recordar el hediendo olor que os envolvía nada más despertar de lo que pensé sería un dichoso sueño bajo un techo cristiano.

 

-Tal vez vuestro desapacible despertar y mi mal cuerpo fueron un presagio venidero que ambos ignoramos. Nuestro romance acabó con una guerra, pero convirtió nuestro matrimonio en una constante disputa.

 

-Dadle las gracias a vuestro estimado Fray Lorenzo y sus disparatados planes.

 

-No os metáis con él, es algo extravagante lo reconozco, pero un buen hombre.

 

-No es lo que dicen por Verona.

 

-Conociendo vuestras amistades, nada bueno me temo.

 

-Que tiene la mano larga con los monaguillos, casi tanto como el Príncipe con las cortesanas… ¿Os tocó alguna vez cuando le ayudabais en misa?

 

 

Romeo dibuja un gesto de desagrado en su rostro y se aparta de Julieta con rabia.

 

-¿Es a eso a lo que os dedicáis cuando paseáis con vuestras fuleras amigas? ¡Ejercitar la lengua y no las piernas! ¡Confabular y tejer mentiras en torno a un hombre de Dios!

 

-Cuando el pantalón aprieta…

 

-Tenía la mano larga y ágil, sí, pero por vaciar el vino sobre el cáliz. La mitad de las monedas del cepillo acababan en el bolsillo del tabernero.

 

-Ahora alcanzo a entender de donde afloraban sus “brillantes” ideas, como casarnos con catorce años, o vuestro destierro a Mantua, o simular mi muerte, o…

 

-¡Ahora soy yo quien os ruega silencio! Si llego a saber que sería necesario ser casi un genio para ser un buen marido….

 

-Me prometisteis la luna y al final solo alcanzasteis el cabecero de mi cama.

 

-Para contentar a una mujer, me temo, hay que apuntar bien alto. El matrimonio, al contrario de la fiebre, comienza con calor y termina con frío. Decidme señora, ¿cuándo provoqué vuestro rechazo?

 

-Cuando las palabras se convirtieron en sólo eso, palabras… Palabras sin hechos. Las palabras están hechas de falsedad o de arte y ya no veo corazón en ellas.

 

-Mi corazón sigue siendo vuestro mi señora, pero disculpad que reparta mi tiempo.

 

-No es tiempo lo que anhelo, sino franqueza.

 

-Pues siendo franco, era más divertido cuando nuestras familias se procesaban odio. Ahora van a misa de la mano, encienden fogatas por San Sebastián y ríen con educada falsedad las ocurrencias de nuestros parientes aunque carezcan de gracia alguna.

 

-Tal vez por ese motivo se le llame familia política, al igual que el gobernante de hoy día se le distingue por el embuste y el fraude mientras te brinda su mejor sonrisa.

 

-¿Entonces nuestro amor ha mudado en eso, un amor político?

 

-Ay, Romeo, os juro que ya no lo sé. ¿Dónde comenzó la discordia esta vez?... Ya ni lo recuerdo... (con pesar) Ah sí, vuestro primo.

 

Julieta se acerca a Romeo con la desazón dibujada en el rostro hasta que su abombado vientre roza el de él. Introduce la mano en el bolsillo trasero del pantalón y extrae el móvil de Romeo. Se aparta un poco y se lo tiende ante la incredulidad de su esposo.

 

-Llamad a Benvolio ya que preferís ver nacer el alba con él antes que conmigo.

 

 

Romeo se toma su tiempo para recoger el teléfono antes de clavar su mirada en ella y exclamar en tono afable.

 

-Permitidme que antes de vuestra marcha os muestre algo que yo al menos no he olvidado y confío en que vos tampoco.

 

Romeo se acerca hasta la barra y aloja el móvil en la base para altavoces ante la incipiente curiosidad de Julieta. Romeo palpa la pantalla y se da la vuelta hacia ella con pose confiada.

 

Suenan los primeros acordes de una canción… '(I´ve had) the time of my life'. Romeo se revuelve y detiene la música de un manotazo mientras Julieta baja los hombros con una más que evidente decepción.

 

-¿A dónde queréis llegar, Romeo…? ¿Pretendéis que me lance de un salto sobre vos cual gacela remilgada para así levantarme en volandas?

 

-Perdonadme, os lo ruego. Mis dedos están cansados y han errado.

 

Romeo lo intenta de nuevo. La música suena una vez más… la canción es 'Kissing you'. La melodía agita el estado de ánimo de Julieta. A medida que avanza la canción, la emoción comienza a brotar en su rostro. Romeo tiende su mano.

 

-Dejad que mi mano alcance la vuestra más quiero deciros algo al oído con la honradez que tanto añoráis.

 

Julieta, con intención, se hace de rogar, pero finalmente se acerca y atrapa la mano de Romeo.

 

-Hace quince años la unión de nuestros labios selló la concordia entre nuestras dos familias bajo el testigo de esta preciosa melodía. Dejad ahora que sellen la paz entre dos amantes.

 

-Seguís siendo un consumado adulador.

 

-Las palabras que escucháis nacen de mi pecho, no de mi intelecto, como el amor que os proceso y que tanto añoro. La mitad de mi vida la he pasado con vos y ruego a Dios porque esta dicha no acabe aquí.

 

Julieta acerca sus labios a los de Romeo.

 

-Dejad a Dios en paz y permitidme que sean mis labios quienes recojan vuestras palabras con el mismo sincero afecto y llenen de calma nuestros maltrechos corazones.

 

Julieta y su Romeo finalmente se funden en un beso.

 

-Partid y descansad. Os prometo que me afanaré para que el tiempo y la distancia mermen y hagan de nuestro encuentro una beatitud.

 

-Subid por el balcón, como antaño -le sugiere Julieta con anhelo.

 

-Os prometo que si mi espalda me lo permite así lo haré.

 

Julieta esboza una sonrisa y se despide de Romeo con otro beso.

 

Una vez Julieta ha abandonado el local, Romeo detiene la música y recoge el móvil. Marca un contacto en la agenda y se lleva el teléfono al oído.

 

-Benvolio… bebed sin mí esta noche, pues la correa que sujeta mi cuello continúa firme y tirante… Primo, no me calentéis también el oído. Si algún día tenéis el infortunio de casaros, vuestro entendimiento será bien dispar, os lo prometo. Mañana os hablo.

 

Romeo se guarda el móvil en el bolsillo y se afana en terminar de barrer el suelo.