Ficciones Te hice poesía para hacerte inmortal

Te hice poesía para hacerte inmortal

"Si estas leyendo esta carta es porque he muerto.

 

Querida Carmela:

 

Me dirijo a ti, estando segura que serás tú quien la ha encontrado, Carmela, mi fiel sobrina, que habrás acudido a casa al ver que no respondía a tus llamadas, o porque algún vecino te habrá alertado de los ladridos de Ernest, mi querido perro, que llevará días sin salir y sin comer porque ya no puedo atenderlo. O quizás hayan echado de menos el olor a café recién hecho por las mañanas y el olor a mis puros aromáticos.

 

He vivido muchos años, si no cálculo mal he sobrepasado los noventa con una gran calidad de vida hasta casi los últimos días, en los que no me encuentro demasiado bien. Los años pesan en todos los aspectos y creo que ya es hora de abandonar esta vida y este mundo que no me ha tratado demasiado bien.

 

Mi vida estuvo siempre marcada por decisiones equivocadas, trabajos, amores y alguna que otra amistad. La única decisión correcta fue la de dedicarme a escribir.

 

En el amor nunca fui demasiado afortunada, siempre elegía al hombre incorrecto y el gran amor de mi vida se convirtió en el gran fracaso y desamor de la misma. Mi querido y amado Leandro, nos quisimos tanto, que nos quisimos demasiado rápido y mal.

 

Por lo que al cumplir los cincuenta me hice la promesa de no volver a enamorarme. Decidí seguir adelante sin compañía en la vida, sólo tres perros a lo largo de estos años han sido mis fieles compañeros, el último Ernest, a quién debéis llevar a algún refugio o bien adoptar, pero no lo abandonéis. Él ha estado a mi lado hasta después de muerta; estoy segura de que habrá dormido a mi lado todas las noches hasta que me habéis encontrado.

 

Carmela, hazle saber a mi amado Leandro que le quise hasta el final de mis días, que cumplí mi promesa de no dejar de quererle nunca. No dejé de escribirle ni un sólo día aquellas poesías dedicadas, en el cajón de arriba de mi escritorio están todas guardadas, tienes que hacérselas llegar.

 

Colgada de mi cuello encontrarás una cadena con una llave que llega a la altura del corazón, esa llave abre el cajón del que te hablo más arriba. Tiene que saber que nunca volví a enamorarme, por que nunca deje de estarlo de él. Que le esperé tal y como le prometí la última vez que hablamos y que sé que él también me sigue queriendo, nunca me hizo saber lo contrario, me prometió que sí algún día dejaba de quererme me lo diría.

 

Leandro quedó viudo hace algunos años y su diabetes lo han dejado ciego, sale a pasear cada mañana hasta el parque que hay cerca de la biblioteca, acompañado de su nieta, allí se sienta cada día el banco dedicado a Lord Byron, lo sé porque todos los días me he sentado a su lado sin que él lo supiera. Le he acompañado hasta los últimos días de mi vida tal y como le prometí.
Debes coger esas poesías y entregárselas".

 

Abrí el cajón del que mi tía Sabina me hablaba en aquella carta. Acudí a su casa alertada por una vecina al llevar varios días escuchando a Ernest ladrar, tal y como predijo en su carta. Abrí la puerta temiendo lo peor, encontré a mi tía sentada en su escritorio con su cabeza apoyada sobre sus manos, había estado escribiendo y una foto de Leandro y ella en sus años de juventud. En el cajón encontré cuadernos perfectamente ordenados por fechas llenos de poesías a su gran amor, y una nota dedicada a él:

 

"Mi amado Leandro, no he dejado de quererte ni un sólo día, tal y como te prometí, no he dejado de escribirte ni un sólo día de mi vida, era mi modo de hacer nuestro amor inmortal.

 

Ahora ese amor será eterno.

 

Sabina".

 

Cogí los cuadernos y caminé hasta banco de Lord Byron, allí encontré a Leandro sentado tal y como Sabina decía. No me atreví a acercarme a él para entregarle todo lo que mi tía había escrito para él, me di la vuelta y me marché. Le hice llegar aquellos cuadernos por mensajería, prefería no tener que contarle que la vida de Sabina había llegado a su fin.

 

Organicé el funeral de mi tía para el día siguiente. Pocos seríamos los que acudiríamos al sepelio, nunca tuvo demasiados amigos y sólo me tenía a mi como familia.

 

Al día siguiente salí temprano hacia el cementerio acompañada de su fiel Ernest. Había decidido quedármelo yo. Allí junto a dos vecinos me reuní por última vez con mi tía para darle el último adiós.

 

A punto de terminar el sepelio y cuando iban a empezar a cerrar su tumba apareció Leandro con sus pasos torpes apoyados en su bastón y agarrado al brazo de su nieta. Frente al féretro de Sabina, se arrodilló, saco varias hojas de papel del bolsillo de su chaqueta y las lanzó a la tumba al tiempo que le decía:

 

"Mi amada Sabina, yo también te he querido toda mi vida, por eso nunca te hice llegar noticias de lo contrario.

 

He sentido tu presencia cada día junto a mi sentada en el banco de Lord Byron, supe desde el primer día que eras tú, quién se sentaba junto a mi en silencio, sin decir nada, nunca pude olvidar tu olor.

 

Mi amada Sabina, yo también te hice poesía, para hacerte inmortal.

 

Descansa en paz".