The Door

The Door

Mientras hacía “pis” en ese baño ajeno, observé que los objetos eran bonitos. Se notaba que habían sido escogidos con esmero, sin prisas, y con buen criterio. Pero estaban colocados sin gracia, con hastío, como si no esperaran visita alguna.

 

Al mirar al suelo, vi, que bajo la sombra del bidé, unas zapatillas masculinas de estar por casa, tenían la forma del pie de mi abuelo.

 

Esa noche, sudoroso y sediento, me deshidrataba en mis sueños, mientras intentaba encontrar una salida, para no acabar, una vez más, delante de la misma puerta, color gris. Noté que su pintura se despegaba como la piel de mis hombros de niño, quemados por el sol. Al tocarla, esta se abrió quejumbrosa, mostrándome una estancia oscura, donde una luz cenital, esculpía la figura de mi abuelo, vestido de frac.   Monacalmente disfruté de la visión  del anciano, bailando claqué, al ritmo de “Es maravilloso”  del musical “Un americano en París”.

 

La luz se apagó, y volví a caminar hasta la misma puerta, que se abrió de segundas, con el auge del despliegue de una falda flamenca, para mostrarme esta vez,  una cocina humilde, donde mi abuela untaba mantequilla a lozanos trozos de pan, mientras el café escapaba de la cafetera, como un genio maravilloso. Observé la estampa emocionado. Mi abuela me susurró – “No tenemos dinero, necesitamos encontrar la manera de comer hoy”-, así que repentinamente corrí hasta el final de la calle, donde el ultramarino, de mi niñez,  me ofrecía  latas de conservas. Tomé todas las  que me pude permitir cargar, junto con un polo casero que puse en mi boca, hecho con agua y unas gotas de anís,  coronado con una guinda confitada y asfixiada en el pequeño cubito de hielo, del que asomaba un palillo de madera, a modo de cordón umbilical.

 

Al avanzar hacia la puerta, las latas se me escurrieron, como agua que baja del monte, y rodaron calle abajo, para perderse entre las piernas de una comparsa de carnaval, que avanzaba al ritmo de sus pitos y del grito “tipo” “tipo”.

 

Corrí y empujé la puerta, pero ya no encontré a mi abuela,  sino un comedor vestido de paños de croché, donde unas vecinas plañideras, lloraban vestidas de negro, y donde tres señores amortajaban a mi abuelo,  que yacía en un ataúd,  con forma de guitarra, y con el fondo, de  fieltro rojo, salpicado de monedas de dos pesetas.

 

Desperté  de un grito. Palpé  mi  pecho y sentí el frescor de la noche de verano y el sonido de las cigarras. Desorientado miré a mí  alrededor en la oscuridad, y reconocí, el olor a plástico que desprendía  la tienda de campaña, raída, donde dormía. Entonces supe que tenía trece años,  que estaba de camping con toda mi familia materna, y que dos de mis  primos dormían junto a mí, apiñados a sendos lados,  con sus caras pegadas a la lona.

 

En el silencio de la noche  el  ronquido silbante de mi abuelo, y  un sonido físico e inesperado me hizo sonreír  por la vida. 

 

Fue entonces cuando me desperté de verdad. Me incorporé con el corazón latiendo fuerte, y las sábanas entornadas en mi pierna. Las imágenes de mi sueño se agolpaban una tras otra, para precipitarse, en manada, al olvido. Me  levanté  de la cama y tomé un poco de agua.  Luego me apresuré desorientado a tomar notas sobre mi sueño, que era ya casi invisible, aunque la imagen del ataúd, coleteaba aún delante de mis ojos, como un pez que se trasforma, poco a poco, en pescado. Al escribir, mi corazón pareció desbocarse. Encendí un cigarrillo buscando calmar la emoción que me sobrevino, que no era otra, que ya tenía sesenta años y una pregunta rondándome: ¿Quién soñará conmigo?

 

Foto portada de Juanjo Alfonso