‘The Leftovers’, la mejor metáfora sobre la vida vista en una pantalla

‘The Leftovers’, la mejor metáfora sobre la vida vista en una pantalla

 

Tom Perrota (New Jersey, USA, 1961) publicó la novela ‘The Leftovers’ en 2011, con bastante aceptación, aunque los lectores no lograron entender algunos detalles descritos en la misma. Quizás por ese motivo la cadena americana HBO decidió poner en marcha su maquinaria para dar vida a una serie de televisión que ahondaría no solo en los detalles concretos, sino también en el trasfondo que la historia escrita dejaba un poco en la percepción e imaginación de quien acertó a disfrutar de su relato.

 

La sinopsis general del título traslada a una época cercana a la actualidad, en la cual se ha desvanecido el 2% de la población mundial, es decir, algo más de 140 millones de personas. De la noche a la mañana, sin dejar rastro alguno y de manera completamente aleatoria, niños, adultos, ancianos, de todas las razas y credos dejan a familias desesperadas con un trauma de por vida. Esto último es lo que porta el grueso de la narración, es decir, cómo sobreviven los seres humanos que no pueden enterrar a sus desaparecidos, y que no entienden los motivos ni la causa de su desgracia. Y como suele suceder en épocas de crisis, aparecen grupos radicales que claman por un cambio en el mundo, como es el caso de la poderosa secta “Remanente Culpable”, que atraen a sus fieles a base de paciencia, chantaje emocional y mucho trabajo psicológico encubierto.

 

 

El núcleo de protagonistas principales está compuesto por el Jefe de Policía Kevin Garvey Jr.; Laurie Garvey, su exmujer; Jill y Tommy, hijos de los anteriormente mencionados; Nora Durst, pareja del policía y víctima de la desaparición de su marido y dos hijos; su hermano, el reverendo Matt Jamison;  y dos integrantes del “Remanente Culpable”, Patti Levin (la líder) y Megan Abbott.

 

La difícil misión de trasladar todo esto a la televisión debía de contar con gente comprometida, como el propio autor del libro, Perrota, que estuvo involucrado en todos los procesos de escritura de guion, junto a Damon Lindelof, uno de los creadores de ‘Lost!’ (‘Perdidos’). Pero al tratarse de una historia compleja, con un grupo amplio de personajes, pero constante y recurrente, la elección del casting debía de ser casi perfecta.

 

 

Justin Theroux es Kevin Garvey, Jr.,  Amy Brenneman es Lorelei "Laurie" Garvey, Christopher Eccleston como Matt Jamison, Liv Tyler es Megan "Meg" Abbott, Chris Zylka interpreta a Tom "Tommy" Garvey, Margaret Qualley a Jill Garvey, Carrie Coon como Nora Durst, Ann Dowd da vida a Patricia "Patti" Levin, Regina King como Erika Murphy, Kevin Carroll es John Murphy el ex-marido de la anterior, Jovan Adepo es Michael Murphy hijo de los anteriores, y Scott Glenn Kevin Garvey, Sr., padre del protagonista.

 

 

Sería imposible imaginarse a todos estos personajes sin los rostros de los actores seleccionados y, sobre todo, no habría habido otros intérpretes que creyeran tanto en sus papeles como ellos. Cada frase, cada gesto, movimiento, complicidad (tanto a nivel interpretativo como de los individuos en sí), e incluso mención sin que se vea a cualquier implicado, es perfecta en pantalla. Mención especial merecen tanto Justin Theroux con un inmejorable y brillante trazado de su personaje, la dureza y pasión que transmite Carrie Coon, y el espectacular trabajo de Scott Glenn en la última temporada, algo fuera de lo habitual.

 

 

Desde la introducción inicial de cada capítulo, todo es perfecto, aunque sea pretencioso alegar este adjetivo. La sucesión de imágenes cotidianas de la vida, en las cuales alguna o algunas personas de las mismas quedan difuminadas, simbolizando su desaparición en la catástrofe que marca la trama, es una maravilla visual, explícita en cuanto a lo que es la serie. Amarga, pero bella por igual. Mejor verlo que describirlo o que sea contado.

 

 

La primera temporada se desarrolla en Mapleton, Nueva York, y sirve de introducción para la historia y los personajes, así como poner al día de la situación mundial y del porqué de la trama.

 

La segunda traslada la acción a Jarden, Texas, donde se trasladan los personajes. Este lugar, llamado por todos “Milagro”, fue el único del planeta donde no desapareció nadie, unos años antes. Se revelan pequeños secretos de los protagonistas, se definen en mayor profundidad, y comienzan a mostrarse explícitamente los conflictos emocionales y de fe que sufre la humanidad, focalizados en el grueso principal de personajes. Se alternan situaciones reales con otras no tanto, pero que impactan notablemente en el presente.

 

 

La tercera temporada, y última, se sitúa en Australia, y es donde se entiende mucho más el secreto de las desapariciones. Pero lo más valioso de esta fase de la historia es la búsqueda de los personajes a sí mismos, por encima de las preguntas sin respuesta de sus desgracias en el pasado.

 

Jamás se ha creado una sucesión de guiones tan bien estructurados, tan perfectamente interpretados, y con unos personajes tan maravillosamente descritos, que capítulo a capítulo, temporada a temporada, crecen, formando parte del espectador como un vecino o una persona cercana del entorno personal. Las localizaciones y los planos de cada escena están planteados con una precisión milimétrica, sin azares ni momentos de relleno. Todo está muy estudiado, como se puede comprobar al encajar pieza a pieza a lo largo de los veintiocho capítulos de la serie.

 

 

Mención especial merece la temporada final, ese complejo muro con el que se suele encontrar cada guionista de cada serie o película, dado que supone cerrar una historia, ya de por sí compleja, y sobre la que pesa una enorme responsabilidad. Si cada capítulo de las dos primeras temporadas suponía una subida de nivel y magnificencia visual, la tercera ofrece ocho capítulos perfectos, en los cuales se hilvanan todas las tramas, dando sentido a cada una de las metáforas y mensajes expuestos con descaro durante los episodios previos. Todo tiene sentido, aunque nunca dejó de tenerlo realmente. Y, sin dar pistas, el último capítulo es uno de los más emocionantes, bellos, impactantes y perfectos que se hayan hecho nunca en un drama.

 

 

Y, por supuesto, no podía faltar una música perfecta en la serie. La parte instrumental corre a cargo de Max Richter, compositor inglés, que a partir de una melodía única, desmenuzada e interpretada en distintos tempos, con variados instrumentos cada vez, logra colisionar contra los corazones de los espectadores. Además, la banda sonora cuenta con cerca de cien canciones clásicas de la música, en general, de todo tipo de géneros. Desde rock, heavy, folk, clásica, pop, hasta canciones populares. Unas veces en sus versiones originales, y otras versionadas a la perfección para encajar como piezas de puzle en este maravilloso lienzo visual. Como curiosidad, la tercera temporada agrega en cada episodio una canción distinta en los títulos de créditos, pero, como se comprueba al final, nunca está elegida aleatoriamente.

 

 

Acabado el visionado completo, y una vez secadas las lágrimas, de tristeza y alegría por igual, al hacer una valoración completa de la historia, se puede comprender que la trama no es lo que muestra, dado que todo es una sucesión de metáforas e hipérboles de quiénes somos, hacia dónde vamos, y el sentido de nuestras vidas como seres humanos. Se reúnen los más lascivos sentimientos, los más crueles, los más dulces, íntegros, puros, sarcásticos, depravados y tiernos. Es en realidad la historia de la humanidad. De la pérdida de la fe en dioses, en favor de la que se crea hacia las personas reales, las tangibles, y que siempre nos acompañan, en un momento u otro de nuestras vidas. De los conflictos internos, de los externos, de afrontar las alegrías, las desgracias, las derrotas y las pérdidas.

 

 

Pero por encima de todo, y aunque suene simplista y gratuito, el verdadero mensaje de la historia se centra en el amor hacia uno mismo y hacia nuestros iguales. Porque cada acción-reacción de los protagonistas de la historia está basado en el amor, como puede comprobarse al finalizar la serie. Es una moraleja muy manida, pero sin emociones ni amor ¿qué somos y qué nos queda? Una vida sin sentido, sin una motivación y sin la parte más importante y fundamental de los seres vivos: el corazón.

 

 

"A veces una mentira es solo una futura verdad que todavía no ha sido considerada"