Un rato con el maestro Félix y sus ovejas en Cáceres

Un rato con el maestro Félix y sus ovejas en Cáceres

Otro recuerdo imborrable de este silencio trabajoso alejado del zumbido de metal y dióxido. No soporto quedarme helado en una mesa camilla. No soporto creer que la mayoría de nosotros desconoce las labores del campo. El principal sustento para nuestras vidas. Más que este ordenata mordisqueado que me lleva a trasladar el mensaje de lo bello que es vivir y aprender de un campesino o agricultor con las manos feroces del tiempo impreciso y el vientre apretado y jugoso. 

 

 

Llegar hasta aquí, a estas tierras extremeñas de donde ha salido todo ese trigo que nos viene de generaciones postreras. Como un gen del que todos tenemos impreso en nuestro ADN. Aquí empezó todo. Dios lo tenía claro y a manotazos con el viento aplastó lo eregible e impregnó la tierra de semillas, dejando la vista hasta donde alcance y no le subiera una montaña o una torre noble de castillo. Un pueblo abnegado que ahora lucha en Cáceres para que no les construyan una mina de litio a cielo abierto. No llegara esa manotada a estas empresas hacedoras de dinero sucio y a sus complacientes conseguidores.

 

Hoy he podido compartir con Félix cómo se separan las ovejas después del pasto. Cómo agrupadas todas las familias digieren a la vista de las ciguëñas y esperan esa rutina de llegar todas juntas y separarse para guardarse del frío y otras para seguir mascando al rocío anaranjado de un fondo abismal que no tiene desperdicio. Félix se pateó durante muchos años los prados de España. La trashumancia, ese ejercicio que requiere la virtud de un jugador de póker para saber hacia dónde van los anticiclones y adaptarse a las circunstancias y a las extensiones del mundo. Ahora junto a su familia prosigue el traqueteo de pezuñas que conforman esta tierra rica y hacendosa con su propia explotación ganadera. No solo en esas labores, sino también en las de arado y siembra. El año pasado pude compartir con su hijo Alejandro, la pasión innovadora de éste, para facilitar el alimento a las reses a través de un sistema de reparto de comida en hilera, llamado TAREX y que permita que todo el ganado pueda comer, asegurándose así que todas las vacas reciban su ración.

 

 

 

Todo ha sucedido muy rápido. Félix grita a su perra Jara "Ves a por ellas". Como un rayo que se simplifica por el destello del ocaso comienza la labor de cercar el redil y hacerlo avanzar, como un Cabo de Infantería hace con sus soldados antes de saltar de trinchera. Otros canes se suman al baile y van dibujando un oleaje de pieles blancas que son la lana que nos habrá de abrigar el invierno que viene. Llegados a uno de los cercos Félix se coloca delante de una de las cancelas por donde van pasando las ovejas adultas, mientras que no permite el paso de las pequeñas que ya saben que tienen que dirigirse a unos establos que se sitúan justo al costado del vallado. Allí reposarán calentitas hasta que pase la helada. Mientras Las adultas vuelven a salir por otra cancela que da de nuevo al prado y en donde un mastín parecido a Niebla de Heidi, va haciendo las veces de guía distraído y cansado, como un guarda que sabe que está todo bajo control y a penas se inmuta ante el empuje de las ovejas que van a disfrutar del cambio de colores al negro brillante.

 

 

Ha sido un disfrute enorme esas pocas horas que pasé con esta querida familia. A la vida le pido riquezas para el campo y que nos sigan alimentando con locura.

 

Foto y Vídeo por Tony Carbonell

 

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