Opinión De utopías, distopías, supuestos y otras tonterías

De utopías, distopías, supuestos y otras tonterías

Siempre ha sido muy común, dentro de las distintas sociedades que han poblado este mundo, jugar con la imaginación, la fantasía o soñar despiertos. Algo a medio camino entre la translación a lugares imposibles o situaciones fantásticas, todo con la idea de abandonar, casi exorcizados, la realidad que la vida haya otorgado. El fin de ello no es más que un deseo de existencia más placentera con una plenitud casi inalcanzable para un simple mortal.

Manejar la inventiva para el ser humano es algo sano, muy placentero, que, a pesar de lo irreal, convierte a los individuos en personas inteligentes. Con inquietudes que consiguen hacer trabajar al cerebro, aunque se tenga la certeza de estar forzando un mundo imposible. Pero, ciertamente, son absurdos que en bastantes ocasiones sitúan a los soñadores entre la espada y la pared, haciéndoles elegir entre una tontería, y otra aún mayor.

 

 

La isla desierta

 

Una de las mayores fantasías/estupideces con las que el hombre suele exponerse a lo largo de conversaciones de terraza, bar o noches de blanco satén. Una vez se alcanzase ese improbable lugar, se tiende a manejar un amplio abanico de posibilidades entre los que elegir: las tres canciones, las tres películas, los tres libros, un/una acompañante predilecto/a, de cinco a diez objetos…

 

Pero lo más apropiado sería comenzar por el origen de todo, es decir, cómo se ha llegado a esa isla desierta. Las opciones más plausibles serían naufragio, accidente de avión o ser tan asquerosamente rico como para comprar una. En el caso de ser víctimas de las dos primeras, en la actualidad, podríamos disfrutar seguramente de nuestras canciones, libros y películas favoritas al menos los dos primeros días en ese virgen paraje. Dos días porque sería lo que durarían las baterías de nuestro móvil, Ipod, mp3, mp4, mp5, Tablet o portátil. Transcurrido ese tiempo se acabaron las cuidadas elecciones que se plantearon antaño, porque un ciudadano medio de la sociedad es muy probable que no sea capaz de generar electricidad a partir de cocos, piedras u otros recursos naturales, con lo que todos los aparatos electrónicos acabarían siendo un objeto fetiche decorativo de la cabaña en el árbol que se acabaría construyendo, una vez superado el trauma de la soledad, la catástrofe por lo que habríamos llegado a ese inhóspito lugar, por no hablar de algún hueso roto, traumatismo o dolencia que, muy seguramente, tendría muchas papeletas de ser crónica o motivo de una muerte prematura.

 

 

La elección de una persona con la que compartir esa pesadilla quedaría anulada en el momento en el que se sufriese un accidente, por lo que, en el caso de no predominar la soledad, hay una alta posibilidad de acabar compartiendo isla con alguien del mismo sexo, en el caso de las personas  heterosexuales, o del sexo contrario en el de las homosexuales. Ya se sabe que Murphy, como Dios, está en todas partes para hacer de nuestras vidas un lugar más patético. De hecho, estudios recientes intentan demostrar que los dos son la misma persona.

 

Si quedase algo de suerte en las cartucheras del destino escrito para nosotros, quizás tendríamos la fortuna de acabar viviendo con alguien que pudiese satisfacer las tan necesitadas ansias sexuales. Aunque con toda seguridad ese ser humano sería el sumun de la gilipollez. ¿Acaso esperabas acabar en una isla desierta fornicando con la persona de tus sueños, tras sufrir una desgracia que liquidó todos tus sueños, así como la esperanza de morir por la vejez en lugar de devorado por algún animal salvaje, enfermedad tropical o accidente doméstico al intentar construir un hogar a partir de ramas y hojas? Y de los objetos imprescindibles elegidos mejor no hablar, ya que seguramente en el momento de recordarlos estarían alcanzando el fondo del océano.

 

Por último, en el caso de ser una persona con recursos económicos ilimitados (o casi), elegir sería absurdo, porque en un jet privado, barco o submarino caben muchos aparatos, objetos, víveres e incluso personas, con las que organizar si apetece una orgía. Por eso los ricos no juegan con estos sueños de “inferiores”.

 

 

El premio de la lotería

 

Qué graciosos son los anuncios de televisión en los cuales gente corriente fantasea con premios en sorteos. Quimeras convertidas en realidades, deudas liquidadas, coches de lujo, casas enormes, viajes a paraísos (cuidado con no tener un accidente de avión o barco y acabar en la “isla desierta”), gente guapa, hijos perfectos… Consumismo extremo y materialismo, que acabarían transformando a personas dignas, responsables y trabajadoras en vagas, egoístas y, con mucha seguridad, adictas a algunas sustancias dañinas para la salud y la psique.

 

Se pretende aparentar una falsa humildad, que raro sería no perder con el primer ingreso de seis ceros que llegase a una cuenta corriente acostumbrada a cinco dígitos, contando los dos decimales, por supuesto. Se utiliza mucho la expresión “tapar agujeros”, cuando en el fondo se piensa en la fiesta que se va a dar la persona, sin reparar en gastos, que en el caso de volver a dejar la cifra de los bienes capitales como estaba, llevará a otra frase legendaria: “que me quiten lo bailaó”.

 

Ninguna persona que haya sido pobre puede certificar con seguridad el giro que su vida daría en el caso de recibir un dinero de la nada (tras el hachazo de Hacienda, claro), pero haría cambiarla. Eso es una certeza con pocas posibilidades de error.

 

 

Acostarse con famosos

 

De acuerdo, desde que se estrenó ‘Pretty Woman’ o ‘Notting Hill’ (¿casualidad que las dos estén protagonizadas por Julia Roberts?) el sueño de tener una aventura romántica, puramente sexual o una cita a todo o nada, parece mucho más alcanzable. Pero hay que ser realista, existen mínimas posibilidades de encontrarse con aquellos famosos deseados por nosotros en la cola del súper. En general es complicado dar con ellos, por culpa de la llamada prensa rosa, amarilla o similar, pero además llegar a coincidir con alguien de nuestro agrado es todavía más utópico. En el caso de que se diese, el miedo, la vergüenza, o cierta sensación “no soy digno de ti” acabaría por predominar, con lo que pensar en tener una relación carnal se tendría que posponer en la noche, con los ojos cerrados, tumbándose en la cama con los pantalones bajados y una mano en nuestra sexualidad más íntima. También podría darse el caso de respirar hondo, dejándose dominar por la sensación de “ahora o nunca”, entablando una conversación con ese ser humano que hasta ahora solo podía ser alcanzado en el cine, la televisión, revistas o books de fotos. Pero eso no garantiza el éxito, ni las altas opciones de acabar descubriendo que esa persona es aburrida, idiota o demasiado complicada como para extender la pregunta de “es usted la última (o el último)”, en la fila de la carnicería, hasta un nivel superior. Hay que tratar de ser objetivo: los leones se relacionan con las leonas, y viceversa, pero nunca les verás hablando de caza mayor con un tigre. La gente de clase media suele relacionarse con la clase media (o algún nivel inferior, sin problema), pero los ricos solo se relacionan con los ricos (salvo muy excepcionales casos)… Aunque solo sea por proximidad y comodidad.

 

 

El fin del mundo, o apocalipsis (zombi o no)

 

Toda vez que la isla desierta ha quedado lejos, la lotería no ha tocado, y se hizo un ridículo espantoso intentando encandilar a algún famoso o, ya puestos, pensando que se despertarían sus más depravados instintos sexuales con uno mismo, solo queda pensar en que todo es una mierda y que la existencia humana llegará pronto a su fin.

 

Da igual meteorito, tsunami o terremoto de Hollywood, invasión extraterrestre o apocalipsis motivada por alguna enfermedad que casi extinga a la raza humana, o bien nos acabe convirtiendo en muertos vivientes o en más imbéciles todavía, lo que sería mayormente complicado de combatir.

 

El fin de nuestros días normalmente ofrece la posibilidad de realizar algo por última vez, ante la inminente destrucción global, dando por sentado que no se sobrevivirá o, al menos, nosotros no lo lograremos. La mayoría de las personas se decantan por el sexo (muy presente en todos estos supuestos imaginarios), la comida, el pillaje, la venganza (por lo general materializada con un par de leches con la mano abierta a alguien muy odiado u odioso) e, incluso la redención ante algún antiguo ser querido. Cualquiera de estas opciones, salvo la última, porque no tiene mucho sentido malgastar las últimas horas de vida en buscar a alguien que hace tiempo ya decidió no formar parte de nuestra felicidad, cuando podríamos estar echando un último polvo legendario, salvo que se busque a esa persona con este propósito. En ese caso estaría justificado el esfuerzo.

 

Este último supuesto es con claridad el más realista y al que la humanidad se acabará enfrentando tarde o temprano y, el que nos acerca a sueños o deseos más acordes a nuestras posibilidades, sacando a relucir nuestra humildad, sinceridad y depravación. Por lo tanto, disfruta despierto de la vida, sin dejar de soñar, pero con los pies en la tierra, antes de que te consuma un apocalíptico fin del mundo en el que acabes acostándote con lo primero que te cruces por la calle, porque el meteorito ya se ve desde tu balcón.