Villanos, el peligroso eterno dilema

12/12/2016

Villanos, el peligroso eterno dilema
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Villanos, el peligroso eterno dilema

Desde que existe la ficción, ya sea en una novela, serie de televisión, película, o incluso en tertulias televisivas, los villanos siempre han gozado de una maravillosa buena prensa. Es innato en el ser humano sentirse atraído por lo prohibido, lo cruel, o incluso lo lascivo, motivo por el cual se han llegado a vanagloriar a múltiples personajes malvados, ficticios o reales. Se convierte en una manera de dar rienda suelta a los más complejos deseos de algunas mentes, pero expiando cualquier complejo de culpa, porque, a fin de cuentas, nosotros no somos responsables de lo que sucede en pantalla, o en las hojas de un libro.

 

Muy en boca de todos se mantiene desde hace varios meses la serie ‘Narcos’, basada en el imperio de terror y maldad que impuso el narcotraficante colombiano Pablo Escobar, junto a sus incondicionales siervos, además del Cártel de Medellín. Dos temporadas en Netflix, de diez capítulos cada una, han llevado a conocer al villano un poco más, quizás con demasiada profundidad. Primeros planos entrañables, con un bello paisaje de fondo o una puesta de sol, obligando al espectador a meditar en la tristeza y soledad del personaje.

 

 

Con estos productos se corre el riesgo de empatizar demasiado con este tipo de individuos malvados por naturaleza, mostrando su naturaleza más humana, familiar, o sensible. Aunque cualquiera debería saber diferenciar el bien del mal, una persona normal, con su familia, trabajo, etc., puede llegar a sentirse más cercano de lo esperado a un asesino, malvado, narcotraficante terrorista que cuenta sus muertes por miles. Haciendo hincapié en los hijos del personaje, su madre, su mujer, amigos íntimos, incluso en sus momentos de mayor tristeza por la pérdida de personas muy allegadas a él, no es extraño sentir cierta lástima.

 

Este sentimiento es falso, porque aunque no lo parezca, todos los humanos tenemos padres, madres, algunos hermanas o hermanos, otros hijos, es decir, lo mismo que esos villanos, que no anti-héroes.

 

 

Darth Vader, el malvado e imponente lord sith de ‘Star Wars’ es uno de los mayores reclamos no solo de la saga galáctica, sino también uno de los personajes preferidos de la historia de la cultura mundial. Un hombre que pasó del bien al mal aniquilando a niños, jóvenes, amigos, compañeros, bañando su matanza con traición. Pero al final, es la poca humanidad que muestra en determinados retazos lo que acaba por entregar la excusa perfecta para justificar la simpatía hacia él. Eso solo lo consiguen los personajes bien construidos.

 

Lo mismo sucede con la gran mayoría de los personajes de ‘Juego de Tronos’, que de tanto hacer el mal, matando por “su justificación”, esa que solo ella/él entiende, el espectador termina por admirar su crueldad. Todos, en alguna ocasión de nuestras vidas, querríamos haber sido capaces de decir esa frase directa sin tapujos que la reina Cersei lanza a cualquiera que la contraríe o traicione, día sí y día también. Quizás por eso nos sentimos atraídos hacia ellos: porque hacen todo aquello que nunca seríamos capaces de hacer.

 

Hannibal Lecter se come el cerebro de sus víctimas en bandeja de plata, poco hecho, aderezado con unos espárragos trigueros de temporada, elegido todo al detalle, con sumo cuidado. O bien les rebana el cuello con un cúter, o les devora la yugular sin avisar. Pero oye, mira que es inteligente, la de frases ingeniosas que se le ocurren, que impoluto es en sus comentarios, y qué educado. Pasó de tener su propia trilogía hasta una serie de televisión. De acuerdo, es ficticio, pero ¿por qué no una serie de Clarice Starling, que tanto sufrió a ese caníbal asesino, dándolo todo por su país y el FBI?.

 

 

También están los famosos asesinos en serie, del estilo Freddy Kruger, Jason Voorhees, Norman Bates o Michael Myers. Sí, todos sufrieron la marginación de la sociedad, acabando con su cordura hasta convertirlos en unas máquinas de matar vengativas. Fueron machacados en sus escuelas, vapuleados hasta el extremo sufriendo lo que ahora se llama “bulling”… De acuerdo, son divertidos, con un estilo maravilloso para amputar partes del cuerpo humano, tatuar con sangre, e incluso ocurrentes (Freddy) e ingeniosos con frases para la historia. Pero son asesinos que matan a la gente sin compasión, algo, perdónenme, muy mal visto, en general.

 

Pocos amantes del cómic no sienten auténtica pasión y devoción por el Joker, sempiterno archienemigo de Batman. Un loco asesino, que nunca ha mostrado humanidad alguna, solo ganas de torturar, manipular, asesinar, coaccionar, si es posible con la máxima humillación posible. Su novia, Harley Quinn, es uno de los mayores reclamos femeninos de ficción, tanto por parte de mujeres, que desean imitar sus ropas y personalidad, como por hombres, deseosos por tener dentro de sus sábanas a una belleza de ese calibre. Pero, ambos son dos personajes desequilibrados, enfermos, locos, que han encontrado su propio hueco entre los fans, con colecciones propias, imitadores, o defensores que en muchos casos acabaron estigmatizándoles. Sí, el Joker es un villano increíble, de los mejores de la historia, pero cuando se cierra la cubierta del cómic, todos deberíamos volver a nuestro lugar.

 

 

Películas como la alemana ‘El hundimiento’ (2004, Oliver Hirschbiegel) acabaron adentrándose tanto en Adolf Hitler, humanizándole hasta tal extremo que cuando acaba la película uno acaba sintiendo cierta lástima por su trágica muerte, así como por todo lo que deja en el camino y sacrifica (cobardemente). Por unos instantes consigue hacer olvidar que aniquiló a casi todos los judíos de Europa, masacrándoles y torturándoles, al igual que con todo aquel no afín a sus ideales, a su bandera extremista y a “su lucha”.

 

 

Hasta alguna lágrima se ha llegado a derramar cuando alguno de los tiburones de la famosa saga que comenzó Steven Spielberg ha muerto a manos de un humano, hasta las narices de ver cómo devoraban a sus seres queridos. Pobre animal. Señor, olvida que se ha comido a varias familias enteras.

 

El quid de todo esto no es denunciar este tipo de personajes o productos, sino pedir tanto mano izquierda como responsabilidad no tanto a los creadores, sino a los consumidores. Porque todos hemos deseado poder estrangular desde la distancia a nuestro vecino, como hacía Darth Vader, o tener un cuchillo de medio metro para rebanarle el cuello a un jefe o compañero de trabajo insoportable. Algunos no llegaron a hacerlo nunca, pero por desgracia otros sí, lo que deja de ponerle una guinda de diversión a estos productos.

 

Algunos padres de familia han paseado con sus hijos por la calle, y ante un vehículo que se saltaba un semáforo, o no respetaba un paso de cebra, alguien que se colaba en la fila del supermercado, o un codazo involuntario por la calle, fruto de las prisas y la multitud, han escuchado qué es lo que les harían a los antes mencionados de estar jugando al ‘GTA V’. No llegará la sangre al río, seguramente, pero en cierto modo se está cambiando la manera de darles opciones a los más pequeños. Ahora saben que no solo vale el protestar tímidamente, un insulto levantando la mano, o un escupitajo, porque han visto que en otros lados la violencia está bien vista.

 

 

Hace varias semanas, el hijo de alguien a quien conozco recibió la zancadilla de un compañero de clase, en una broma (de mal gusto, de acuerdo), lo que acabó con el agredido en el suelo con un esguince de muñeca. Este reaccionó persiguiendo al bromista, para acabar pateándole las piernas como represalia, con toda la rabia del mundo. Puede ser una reacción hasta lógica, siendo víctima del calor del momento, junto con la edad, sin obviar que los dos niños no se llevan muy bien. Pero cuatro semanas después el niño sigue recordando la escena, mostrando una impotencia furiosa similar a la del día en cuestión, implorando todavía una mayor venganza, al considerar insuficiente el castigo que le infringió al otro a base de patadas. Quiere sangre. Y aunque no la tendrá, ofrece mucho respeto qué puede pasar con ese niño cuando tenga diez años más, con más experiencia, más fuerza, partidas de más a determinados juegos, películas brutales, y muchas lecciones de la vida aprendidas.

 

 

Los villanos son necesarios en nuestras vidas, especialmente los ficticios, porque son todo lo que no podemos ser, así que dejémosles que hagan su trabajo frente a las cámaras, o sobre el papel, pero nunca dejemos que nos influyan hasta querer convertirlo en portada de algún diario de la mañana.

 

Dani  García
Dani García

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