Visitando a Toulouse-Lautrec, el Gnomo Mágico

30/04/2018

Visitando a Toulouse-Lautrec, el Gnomo Mágico
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Visitando a Toulouse-Lautrec, el Gnomo Mágico

Con el aspecto de un muñeco de ventrílocuo fugado de un teatro, Henri paseaba su 1'52 cm. haciendo eses por los callejones de Montmartre. Bajo su barba intentaba esconder una dentadura singularmente asimétrica, amarilla y devastada por la caries. Tan solo tomando cantidades ingentes de Perroquet (absenta) podía disimular el aliento pútrido que destilaba su boca, la que ocupaba en limpiar cuidadosamente con un pañuelo para eliminar las babas que brotaban a borbotones a través de sus labios cayosos. Por contra, a Henri la naturaleza le brindó otros atributos; “la pequeña tetera” (se hacía llamar) afirmando que a pesar de ser pequeño en tamaño, se encontraba dotado de un descomunal “pitorro”. Esa condición, y su especial sentido del humor, fueron las llaves que le abrieron las puertas de los burdeles del París de la Belle Époque en donde siempre le dieron afecto y cobijo. Henri era un duende burlón con la sensibilidad de un hada, el amigo de las putas y el mejor artista que representó la vida nocturna del París de finales del siglo XIX .

 

 

 

ARTE EN CANAL

 

El pasado mes de Marzo, el editor de la revista Antropika  que escribe estas letras se dejó caer por la Fundación Canal  en Madrid para ver la exposición “Toulouse-Lautrec y los placeres de la Belle Époque”. Una muestra que por primera vez en la capital española incluía más de una treintena de carteles que el pintor postimpresionista realizó durante su corta pero prolífica carrera.  Las obras procedentes del Museo de Ixelles (Bélgica)  es  una de las dos colecciones completas del artista que hay en el mundo, y nos estaban esperando en una exposición, que además de ser gratuita (esa palabra que a todos vuelve locos) nos dejó al borde de caer víctimas del síndrome de Stendhal, ya saben, esa enfermedad psicosomática que  provoca  ser  expuesto a la belleza de la obras de arte cuando se ven en un gran número y en un mismo lugar.

 

El primer impacto nos lo llevamos al entrar en la sala, donde tanto los colores de suelos y las paredes se encontraban vestidos en vivos naranjas, verdes y amarillos, (como si tal cual los hubiera elegido el mismo artista francés para alguna de sus composiciones). La idea de la exposición era darle una apariencia festiva y alegre haciendo alusión al universo circense. Pantallas transparentes situadas estratégicamente a lo largo de la sala, arrojaban imágenes tal vez un día rodadas por los mismísimos hermanos Lumiere,  representando aquel París de la entrañable Belle Époque. Símbolos de una sociedad moderna y despreocupada que evocaban la nostalgia de tiempos remotos donde se transgredía toda norma establecida. Entre toda esa decoración de aire modernista, nos movíamos al compás de una iluminación que  cambiaba de color a medida que avanzábamos por nuestro safari artístico a través de las piezas más representativas de la cartelería del artista. En esta imagen pueden ver la entrada a una de las salas, donde lo que se observa no es una bandera estelada, sino los cortinones bicolores que se usaban como reclamo de entrada al mundo de los circos.

 

 

 

BORN TOLOUSE

 

Muchos de ustedes seguro habrán visto las obras de Henri Toulouse- Lautrec en cientos de libros, pero estar frente a un original de este artista fue para nosotros realmente impactante. Eran carteles de grandes dimensiones que representaban una época por la que uno hubiera dado la mitad de un brazo por haberla vivido.

 

Seguimos el recorrido paseando entre carteles y litografías de espectáculos circenses, retratos de escritores, actores, putas y bailarinas, portadas de revistas y anuncios publicitarios, en una sinfonía de colores planos, algunos bocetados por el pintor a pie de escenario en algún espectáculo de Can Can, ilustraciones planas, exentas en su mayoría de manidos juegos de luz, donde al acercarnos podíamos observar el trazo limpio y certero del talentoso gnomo francés.

 

Pudimos ver litografías de aire caricaturesco y carteles pintados con la destreza de un maestro de la composición y también sentir la mirada sobre el papel del artista, su captura de los colores, las poses y las actitudes de aquella sociedad bohemia, imposibles hoy de superar por la lente de una cámara fotográfica, y mucho menos por el infame retrato a palo selfie de un turista japonés.

 

Según examinabamos las diferentes salas, nos recreamos con el famoso cartel del Mouline Rouge, el de Le Chat Noir, el retrato del cantante y actor Aristide Bruant o el de la Gitane de Richepir, carteles modernistas en varios formatos donde su estilo fue copiado millones de veces en la cartelería psicodelica de los años sesenta, y que  a día de hoy son constantemente revisitados en el mundo de la publicidad o de la moda. Es tan grande la obra, como el personaje, por eso queremos hacer un  resumen de la trayectoria de una vida azotada desde sus comienzos por la más despiadada de las catástrofes. Así pues, pasemos a leer su historia.

 

 

LAS 8 CARAS DE LA VIDA DE UN GENIO

 

1- Henri Toluse- Lautrec es criado en el  castillo de su familia (Château Malromé) al amparo de uno de los linajes más antiguos de Francia perteneciente a la nobleza carolingia. El niño padece un desorden genético llamado picnodisostosis; una enfermedad congénita que afecta al desarrollo de huesos y dientes causada por la unión de genes entre parientes consanguíneos (sus padres eran primos carnales) esta patología le permite tener un tronco normal pero con las piernas de un enano, lo que le confiere al artista ese aspecto extravagante y caricaturesco que todos conocemos.

 

2- Repudiado por su padre y tras una caída en la que se fractura las dos piernas, el joven es enviado a una clínica donde cae en manos de un médico que experimenta con el enfermo como si de una cobaya humana se tratase. Allí es sometido a remedios poco otrodoxos como la aplicación de descargas eléctricas en ambas piernas metidas en cubos de agua o es amarrado a una mesa donde se le atan grandes pesas de plomo a los tobillos para estirarle las extremidades. A lo largo de un año y medio aguanta pacientemente estas y otro tipo de torturas que no hacen más que empeorar su ya de por sí, frágil estado de salud.

 

3- De vuelta a la residencia familiar, ve que sus padres se han separado y el joven Henri les comunica que quiere a ser pintor y  su intención de marchar a París para estudiar dibujo y pintura. Su padre respira aliviado ya que por fin va a poder deshacerse de los cuidados de su contrahecho heredero, asi que le da su visto bueno.

 

 

4- Con 16 años Henri llega a París y elige el bohemio barrio de Montmartre para instalarse. Allí entabla amistad con algunos  artistas como Degas y comparte clases de dibujo con Vincent Van Gogh. Se codea con los hermanos Lumiere y entabla una estrecha amistad con el escritor Oscar Wilde. En poco tiempo acaba convertido en un habitual de los templos del desenfreno como el Mouline de la Galette, Le Chat Noir o el Moulin Rouge donde se dedica a pintar con éxito a la flor y nata del mundo de la bohemia. Para entonces ya empieza a desarrollar un serio problema de alcoholemia y una especial fascinación por las prostitutas a las que pinta mientras se cambiaban, cuando acababan cada servicio o  esperan una inspección médica. Al final ellas serán su fuente de inspiración y sus mejores aliadas pues ha abandonado Monmartre para alquilar una habitación en un conocido prostíbulo, para estar más cerca de ellas.

 

5- En 1898, sumido de lleno en su adicción a la bebida, sufre espisodios de delirios, neurosis y parálisis en las piernas. Al poco tiempo contrae la sífilis. Todo este cocktail de patologías desembocan en ataques de manía que lo llevan a un fallido intento de suicidio. Por recomendación de su madre Henri es internado por un periodo de tiempo en un sanatorio mental, donde al salir, sufre una recaída tras  volver a beber cantidades deshorbitadas de absenta (se dice que llevaba su bastón ahuecado siempre relleno de este brebaje para tener siempre la bebida cerca). Son días duros que para ganarse la vida truequea sus obras para comprar alcohol, conseguir una habitación donde poder pintar o pagar los servicios de sus prostitutas favoritas.

 

6- A finales del siglo XIX la degeneración de nuestro artista ya es patente y en uno de sus episodios de delirium tremens, compra una pistola para disparar a enormes arañas imaginarias que ve en las paredes de su casa en algunas de sus alucinaciones alcohólicas. Ya es tal el punto de degradación del artista, que su madre lo ingresa de nuevo en el sanatorio mental donde nuestro protagonista pasa la mayor parte de su tiempo pintando o realizando encargos varios como carteles de circos para mantenerse así lúcido y demostrar a su familia y amigos que su curación es posible.

 

7- Una vez dado de alta, su mejor amigo, el fotógrafo y marchante Maurice Joyant, lleva a su colega a descansar a las playas de Crotoyen ( también lugar de  descanso de escritores como Julio Verne) para que acabe de desintoxicarse y relanzar así su carrera. Pero a este proto punk del arte  no se le ocurre otra cosa que posar en una fotografía defecando en la orilla de la playa, y es que Lautrec lejos de pensar en rehabilitarse solo desea volver a su vida de desenfreno nocturno, a sus burdeles y sus cabarets para realizar encargos que le permitan continuar con su tren de vida de alcohol y drogas.

 

 

8- De vuelta al mundo del exceso a principios del nuevo siglo su estado fisico y mental se encuentra muy deteriorado y se ve obligado a mudarse a casa de su madre en Burdeos donde en 1901 sufre una hemorragia cerebral que le afecta sobre todo a sus piernas. Por si esto fuera poco, llegado el verano del mismo año, tiene un nuevo derrame que lo deja con medio cuerpo paralizado. Pocos meses después, y con tan solo 36 años, Henri muere postrado en la cama de su casa en Saint-André-du-Bois en una madrugada  de septiembre de 1901.

 

 

Tras su entierro, la mala suerte de Lautrec continua aún después de muerto, su madre y su marchante Maurice Joyant intentan ceder gran parte de su obra al Museo del Louvre pero estos las rechazan por la inmoralidad de sus motivos, y las llevan al castillo familiar en Château Malromé donde su padre las quema en el patio por el mismo motivo. Al final, en el año 1992 su madre y su marchante que contaban con gran parte de su obra, abren el Museo Tolouse- Lautrec  en el Palacio de la Berbie en Albi, hoy en día muy visitado por su amplia colección de obras del artista.

 

UN FRASCO PEQUEÑO

 

Con su muerte Henri Touluse-Lautrec, subió el último escalón de la mala suerte, para iniciar el primero de la buena. Hoy el artista está considerado uno de los pintores más importantes del mundo. Su obra influenció a cientos de miles de artistas y hace tan solo una década se vendió en una subasta en Nueva York uno de sus cuadros, La Blanchisseuse, pulverizando el re?cord mundial como la obra de arte más cara vendida de la historia hasta entonces ,por un precio de  2.4 millones de do?lares, por encima de pintores tan ilustres como Picasso, Dalí o Van Gogh. Cezanne o Degas.

 

 

Ya ven, el pequeño Henri siempre quiso ser como su padre, el conde que con su desprecio sacó a la luz el talento que guardaba escondido nuestro pequeño gnomo. Ahora el apellido de aquella olvidada familia rancia de aristócratas perdurará por siempre en la historia, tanto en las páginas de los libros de arte como en las galerías de arte o en exposiciones intinerantes como la que tuvimos el placer de visitar hace tan sólo unos días en Madrid. Y es que hay que hacer caso a los dichos como aquel que reza; “la mejor esencia siempre se guarda en frasco pequeño”

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Kita Senecal
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