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Volver a la Habana (Todas la Cubas en Cuba I)

Mikel Elejondo Oddo - 31/03/2018

Volver a la Habana (Todas la Cubas en Cuba I)

Comienza una serie de artículos, en diversos formatos de crónica periodística, en la que se describe la Cuba actual, sus virtudes y defectos, con objeto de dar una pincelada diferente en el imaginario colectivo que se dibuja sobre esta isla, de pequeña superficie, pero gigantesca dimensión en la historia del siglo veinte. Cuba y sus habitantes, o los cubanos y su isla, allá donde estén, son una fuente inagotable de talento, capacidad de superación, resistencia indomable y alegría de vivir. Más allá de la propaganda interesada en acabar con un sistema de organización diferente, más allá de defender un proyecto de sociedad más justa a nivel global, donde las palabras justicia y dignidad poseían un peso del que ahora carecen las naciones preponderantes, de criticar el sostenimiento forzado de una decadencia lenta, se trata de contar cómo vive esta sociedad partida en trozos ideológicos, separada por miles de kilómetros, pero unida por un amor inquebrantable a su tierra y su identidad.

 

Volver a la Habana.

Por Mikel Elejondo

 

Tras casi un mes de persistencia numantina, agotado su tiempo en la isla, Rafael sintió que su plan se rompía en mil pedazos. Ya le avisó Carmen, su mamá, de que nada era fácil, por sencillo que pareciese. Nunca lo fue, bien lo sabía él que creció y se hizo hombre en ese pedazo del Caribe, del que se marchó diez años atrás. Debió haberle hecho caso y pagar la cuantiosa suma que pedía el exmarido de la vecina por encargarse de los trabajos. -Ese es un aprovechado, ni que quisiera reparar un avión, yo encuentro quién me lo haga no se preocupe...- La mamá le repitió incansable -Mira hijo, aquí las cosas no son como allá, aquí hay escasez y todo el mundo se conoce, y si saben que te corre prisa...-

 

El trato con Félix consistió en que Rafael se ocuparía de dejar lista la electricidad, y su hermano asumiría la parte del motor, un par de meses después, en su respectivo mes de vacaciones. De esta manera la mamá y la tía podrían disponer de un vehículo que, aunque irrisoriamente pequeño, sería todo un lujo en la isla, donde adquirir un turismo nuevo requeriría cien años de salario.

 

El Fiat 126p se fabricó en Polonia durante los años setenta y ochenta, y llegó a Cuba exportado desde la URSS como un económico utilitario de bajo consumo, dejando luego un abundante remanente obsoleto en la isla. Eran los tiempos en que Cuba brillaba entre los logros propios y el empuje del bloque socialista, que necesitaba esa pulga en la cola del dragón estadounidense, ese pueblo galo resistiendo los embates del imperio romano con su particular mezcla de dignidad heroica y talento natural. Pero al caer URSS sólo quedó un país aislado, a merced de una autarquía repentina y salvaje, donde Estados Unidos tuvo vía libre para extremar el bloqueo internacional y toda clase de sabotajes. Los viejos del lugar contaban que en los buenos tiempos todos los días llegaban barcos de la Unión Soviética: Maquinaria, combustibles, víveres, materiales...  -De un día para otro dejaron de venir, ya no llegó ningún barco, el puerto se quedó vacío, y ahí comenzó el periodo “especial”...-

 

Tras deshacer el equipaje y recostarse en su vieja cama de la infancia, Rafael analizó lo que necesitaba y calculó un plazo de una semana para conseguir el cableado, el sistema de encendido, conectores, interruptores, faros y demás piezas. También  encontrar un electricista que dejara todo en funcionamiento en otros tres días. Con el coche funcionando su mamá y su tía podrían verse más seguido, pues la tía vivía lejos, a dos horas y tres autobuses decadentes, muy a las afueras de la Habana. También podrían llevar a la abuela al hospital, cosa cada vez más frecuente, sin tanto trasiego de guaguas y almendrones. O harían las rutas de aprovisionamiento con más facilidad: cartilla de racionamiento en un lugar, ciertas verduras en otro, carne aquí, queso allá, estos medicamentos, aquellos materiales... Toda una peregrinación de la escasez, incomprensible para un europeo con un supermercado en su barrio.

 

 

La misión rápidamente tomó rasgos de epopeya. Cada pieza necesaria implicó inacabables llamadas telefónicas, ambigüedades, picarescas, insistencia y negociación. Además de una tropicalización de los tiempos que podía implicar el retraso, o la indefinida paralización, del movimiento de una bombilla para un faro, desde una caja en un lugar remoto hasta la casa del conseguidor, que siempre era un conocido de un primo del vendedor improvisado de la pieza anterior. Ni hablar de un almacén de recambios y una lista en papel, donde el cliente saliese apresurado con una gran bolsa llena, media hora después. Pese a todos los inconvenientes Rafael, con todas sus tablas de cubano que se abrió camino en la vida, que emigró y empezó de cero, con su título de arquitecto convertido en papel mojado, que sabía de buena tinta lo que aviva la precariedad y la escasez al alma humana, y lo que la adormece el exceso y la comodidad, consiguió, no sin penurias, todas las piezas necesarias que listó su electricista, Miguel, recomendado por su viejo amigo Carlos, que vivía desde hacía cinco años en Miami.

 

Rafael conservaba su habitación, usada por Carmen como trastero eventual, aunque respetando los símbolos de la nostalgia del hijo ausente: la cama con sábanas limpias y planchadas, algunos juguetes en una estantería, el diploma enmarcado, un guante de béisbol desgastado, y una fotografía de su grupo de amigos. Era éste el objeto más doloroso y patente de su autoexilio: la imagen de quince chicos y chicas, todos bronceados en sus veinte, flacos estudiantes alegres, de amoríos efímeros y grandes planes de futuro, amistad eterna e ilusiones compartidas que ahora parecían una broma cruel. Tan sólo quedaban cinco viviendo en la isla y estaban como locos por marchar, todas las chicas en los estados, y tres de ellos repartidos por la Europa helada del norte.

 

 

Miguel, el electricista, cubano mulato y grande, tanto en altura como en corpulencia, que se desempeñaba además como jardinero, tornero-fresador y barman nocturno por temporadas, miró por primera vez el auto a las dos semanas de llegar Rafael, y dijo sin ironía -Trabajo pequeño, grandes problemas…-. Y es que el tamaño minúsculo del Fiat convertía tareas aparentemente sencillas en maniobras sólo asumibles por un cirujano liliputiense. En las siguientes semanas Carmen vio como el ánimo de su hijo fue decayendo a medida que los problemas se iban multiplicando, y el presupuesto se iba acomodando al de la reparación de una berlina de alta gama en un taller noruego. Cada noche empezaba de nuevo la discusión. Carmen, hija de exiliados de la guerra civil española, que creció viendo cómo la revolución devolvía la dignidad al pueblo cubano, como la organización y el trabajo colectivo llevaban al país, de una situación literal de dictadura bananera, a tasas de educación y salud propias del primer mundo en apenas veinte años, todo resistiendo la encarnizada guerra sucia del mismo país que destruía uno tras otro todos los gobiernos democráticos progresistas de América Latina, no toleraba que su hijo, por muy hastiado que se sintiera, por muy moderno y europeo que se hubiese vuelto, con su perfecto inglés aprendido de su padre, asentado en Inglaterra desde hacía dos décadas, descargara toda su frustración en maldecir al régimen y las carencias vividas en su infancia durante el periodo especial. Y se armaba un escándalo monumental del que no salían más que por puro agotamiento. Cuando la desazón no la embargaba por discutir de política con su hijo, Carmen era una mujer cálida y alegre. Ni cantaba ni bailaba, pero parecía que surgía música de sus adentros al reír, sus carcajadas tenían algo de postal, de son y trópico.

 

 

 

Durante la última semana, y coincidiendo con el treinta y cinco cumpleaños de Rafael, sus amigos prepararon una serie de festejos en diferentes casas a las que Rafael declinó de asistir, o asistió huraño y maldiciendo cada una de las carencias y de los tic del país, del gobierno y de  los pobladores de la perla del Caribe. Las cosas ya estaban casi terminadas, quedaba un día de trabajo para las últimas conexiones y las pruebas de funcionamiento. Al fin lo conseguiría pero ya le pesaba demasiado la sensación de remar a contracorriente, la sensación de que nada había cambiado después de diez años fuera… o sí. Algo parecía estar cambiando, pero demasiado lentamente, como el cauce de un torrente, sin apenas notarse. Este viaje no había tenido ningún topetazo con miembros de las asociaciones vecinales, la vez anterior le habían venido a preguntar a la mamá que cómo estaba alojando a un turista sin licencia, cuando Rafael despertó bajó volando las escaleras y los sacó a patadas entre los ayes! de la mamá y los compañero, informar y responsabilidad de los vecinos-informantes. Sus conocidos le contaban que las cosas ya estaban más relajadas, pero para Rafael era una gota de agua en el desierto.

 

Para el último día de trabajo, quedaron citados a las nueve de la mañana en el aparcamiento donde trabajaban desde hacía dos semanas, tras esa jornada le quedarían tres días de relajación y fiesta, por fin, antes de volverse a España, al trabajo acumulado, al frío y la brusca eficiencia europea. Se levantó a las ocho ya sin sueño, había dormido inquieto, casi febril entre el bochorno húmedo y las brisas de tormenta. Decidió desayunar bien, pues el día sería largo. Pero los panecillos comprados unos días antes se habían endurecido, y el embutido tenía un olor raro. Además se acabó el café, por lo que tuvo que bajar a comprar y ,cómo no, el ascensor estaba estropeado. Sólo encontró galletas a precio europeo, y la única marca de café que había en kilómetros a la redonda. El sabor del brebaje negro le trajo nostalgia y amargor por partes iguales.

 

A las nueve menos diez, con las herramientas listas, pasaba un paño a la carcasa sin motor del Fiat. Se asomó cada cinco minutos a otear la calle preso de un mal presagio. Pasada media hora subió a casa, y comenzó a telefonear a su mecánico incansablemente cada media hora, intercalando viajes al aparcamiento para verificar que no estuviera allí, y que todo ese mal sueño quedase en una mera anécdota más. A la una y media por fin alguien contestó, era la esposa que se lo pasó. Una voz ronca balbuceó disculpándose. Rafael invocó a los antepasados del buen pluriempleado, que acabó la jornada en su nuevo y flamante empleo de recepcionista de hotel, a las dos treinta de la mañana, quedándose naturalmente dormido tras la celebración regada en rones hasta el amanecer. Con las propinas de su primer día de trabajo pagó el alquiler y la borrachera con sus compadres del barrio.

 

 

 

Rafael se pasó el resto del día discutiendo con todo aquel que se le pusiera por delante, llegando a patear con furia hacia el cielo una pelota que tuvo la mala fortuna de ir parar a su hombro. Al día siguiente a mediodía terminaron el trabajo y se dispusieron a hacer la prueba eléctrica. Rafael lo miró directo a los ojos y dijo -Bueno, comencemos…- Y el mecánico, ya recuperado de la jarana, respondió solícito -Ahí vamos-. Conectó los bornes de la batería, giró el encendido y no sucedió nada. Ni un parpadeo en un faro, ni una lastimera luz de un piloto, Rafael comenzó a dar vueltas al coche haciendo aspavientos en silencio, como un can sobre su cola, mientras el mecánico revisaba conexiones y negaba con la cabeza. -¿Y de dónde sacó esta batería?- Probaron conectarla a otro coche en marcha para recargarla sin resultado. Rafael comentó conteniéndose -Bueno, pues consiga otra- La boca del mecánico se convirtió en una mueca burlona -Compadre, esto es Cuba, no es una batería cualquiera, este modelo, así pequeño, no se consigue tan fácil-.

 

Tras remover cielo y tierra en toda La Habana no encontró la más mínima esperanza de conseguir la batería, le quedaba un día y se sentía herido en su amor propio, la isla le había vencido en el último instante. Tomó el teléfono y llamó al exmarido de su vecina, al que pagó una suma astronómica en dólares, de la cual ya no quiso hablar con nadie, y por fin se hizo la luz en el cascarón metálico. Todos lo felicitaron, sus amigos hicieron una fiesta de despedida, e incluso Félix le reconoció orgulloso al teléfono que esta vez sí lo había sorprendido. A última hora de la noche, tras abrazos y rones de despedida infinita con toda su gente, volvió arrastrando los pies a su casa. Cuando intentaba acertar la llave en la cerradura, oyó a dos borrachos cantar a lo lejos, se quedó observándolos con cierta sensación de familiaridad, y por un momento una farola alumbró sus rostros y creyó ver, perplejo, al exmarido de la vecina, que marcaba el ritmo con una cerveza a su propio mecánico. Se giró y maldiciendo su destino fue a dormir su última noche en Cuba.

 

En la puerta de embarque del aeropuerto sus sentimientos se entremezclaron, nostalgia, pena y rabia. Sintió una doble amargura, una por odiar su tierra amada, Caribe congelado en la historia, asfixiado por un sueño saboteado; y otra por marcharse a una tierra lejana, por no saber ya vivir con poco, por regocijarse de tener y comprar, por formar parte ya de una tribu de esclavos del tiempo, ajenos al devenir de un mundo en el que otra revolución todavía está por llegar.

 

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