Windsor, Fauna y Flora

Windsor, Fauna y Flora

0. En 2003 o 2004 mi novia de entonces y yo pasamos unos meses trabajando en Inglaterra. Para ser exactos, estuvimos en Windsor,  a unos cuarenta kilómetros al sur de Londres, emblemática población que da nombre a la Casa Real de Inglaterra. Algún día he de dedicar diez minutos a explicar el cuándo y por qué de esta denominación de los Windsor. Merecería la pena. Rodeaba entonces al Castillo, un  paisaje distópico, en el que el pueblo había sido devorado por un centro comercial que ahora ocupaba su carcasa, como los cangrejos ermitaños que ocupan las conchas que se encuentran.

 

En www.blueplaquesplaces.co.uk puede uno encontrar información sobre placas conmemorativas de toda Gran Bretaña y descubrir, como hice yo, una foto de la colgada en el interior de la sucursal del banco HSBC, en la calle “High Street” de Windsor.  Recuerda esta placa que el denominado “Padre de la Ciencia Ficción”, el inmenso H.G. Wells,  trabajó, como aprendiz de trapero en 1880, en ese mismo espacio.

 

 

 

Una evidencia más de la mutación del centro histórico en una acumulación atrofiada de negocios globales…. inmuebles que durante cientos de años habían recibido un uso y de repente dejan atrás todo su carácter y dignidad, para convertirse en la enésima repetición de una franquicia. Entonces me pareció algo ajeno y extraño, hoy me he acostumbrado, dado que eso mismo ha pasado en mi ciudad.

 

1. El caso es que, tumbado en Alexandra Park, a la ribera del Río Támesis, a escasos metros del puente que une o separa Windsor de Eton, descubrimos algo alucinante:  Si te sitúas debidamente orientado, puedes ver, como por arte de magia, aparecer por todas partes aviones de la nada, y se van alineando justo encima de tu cabeza. Forman en dirección a Heathrow, el principal aeropuerto internacional del país, situado a escasas millas, en donde aterrizan poco después.

 

 

 

El espectáculo resulta en sí cautivador, casi hipnótico. Aviones de todos los colores, decorados con logos y tipografías de lo más diverso y llegados desde cualquier parte del mundo, se ensamblan perfectamente en el tiempo y el espacio. Todo es sincronía, natural, como los patos o los estorninos volando en formación. Se apodera de uno esa extraña sensación de satisfacción  que tienes al observar a las hormigas yendo al hormiguero.  Esa repetición, ese flujo moderado e infinito, tiene algo que te deja ensimismado, algo que imita a la naturaleza, a una cascada y me provoca una especie de trance hipnótico.

 

2. Algo así siento siempre que vuelvo a escuchar de forma recurrente en la primera etapa de David Pajo post-Slint. Disfrutar "AASS"  de Aerial M y dejarme mecer por su cadencia es un placer con continuidad. Como quedarse embobado mirando el fuego.

 

 

Guitarras repetitivas, dibujos, motivos que de una forma sutil te hacen participar de su movimiento, del que acabas formando parte, atrapado entre capas superpuestas de patrones en repetición. En cierta forma, este tipo de música requiere de una participación activa del oyente, una complicidad con el objetivo del músico que, aunque sea en un segundo plano, se manifiesta con esa voluntad de dejarse guiar. Por eso me gusta en ocasiones volver a poner ese disco, me gusta  que las cosas fluyan, que me guíen a terrenos desconocidos, salvajes, imaginados… o todo al mismo tiempo, donde los estorninos, las hormigas, los patos y algunos aviones responden a un orden superior y desfilan ordenados.

 

3. En esos momentos, en que la creación humana se acerca al orden natural, me acuerdo de Jed Martin, protagonista de “El Mapa y el Territorio” de Houellebecq, un aclamado artista contemporáneo cuya última obra, una superposición de videogramas de la naturaleza salvaje sobre imágenes de artefactos en descomposición, apunta a la victoria de lo natural sobre lo humano, al abrazarlo para acabar engulléndolo.

 

En ese marco, la música y los aviones que desfilan, tienden a la perfección por su éxito al emular a la naturaleza, al sincronizarse con el ritmo del universo.

 


Para leer más historias de David Delgado, en su blog.

 

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